Y Dios me hizo mujer, de pelo largo, ojos, nariz y boca de mujer. Con curvas y pliegues y suaves hondonadas y me cavó por dentro, me hizo un taller de seres humanos. Tejió delicadamente mis nervios y balanceó con cuidado el número de mis hormonas. Compuso mi sangre y me inyectó con ella para que irrigara todo mi cuerpo; nacieron así las ideas, los sueños, el instinto. Todo lo creó suavemente a martillazos de soplidos y taladrazos de amor, las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días por las que me levanto orgullosa todas las mañanas y bendigo mi sexo.
"Allí te quedo en el pecho, por muchos años me goces" C.M.R.
Con poderes de Dios -centauro omnipotente- me sacaste de la costilla curva de mi mundo lanzándome a buscar tu prometida tierra, la primera estación del paraíso.
Todo dejé atrás. No oí lamentos, ni recomendaciones porque en todo el Universo de mi ceguera solo vos brillabas recortado sol en la oscuridad.
Y así, Eva de nuevo, comí la manzana; quise construir casa y que la habitáramos, tener hijos para multiplicar nuestro estrenado territorio. Pero, después, sólo estuvieron en vos las cacerías, los leones, el elogio a la soledad y el hosco despertar.
Para mí solamente los regresos de prisa, tu goce de mi cuerpo, el descargue repentino de ternura y luego, una y otra vez, la huida tijereteando mi sueño, llenando de lágrimas la copa de miel tenazmente ofrecida.
Me desgasté como piedra de río. Tantas veces pasaste por encima de mis murmullos, de mis gritos, abandonándome en la selva de tus confusiones sin lámpara, ni piedras para hacer fuego y calentarme, o adivinar el rumbo de tu sombra.
Por eso un día, vi por última vez tu figura recostada en el rojo fondo de la habitación donde conocí más furia que ternura y te dije adiós desde el caliente fondo de mis entrañas, desde el río de lava de mi corazón.
No me llevé nada porque nada de lo tuyo me pertenecía -nunca me hiciste dueña de tus cosas- y saliste de mí como salen -de pronto- desparramados, tristes, los árboles convertidos en trozas, muertos ya, pulpa para el recuerdo, material para entretejer versos.
Fuiste mi Dios y como Adán, también me preñaste de frutas y malinches, de poemas y cogollos, racimos de inexplicables desconciertos.
Para nunca jamás esta Eva verá espejismos de paraíso o morderá manzanas dulces y peligrosas, orgullosas, soberbias, inadecuadas para el amor.
I El hombre que me ame deberá saber descorrer las cortinas de la piel, encontrar la profundidad de mis ojos y conocer lo que anida en mí, la golondrina transparente de la ternura.
II El hombre que me ame no querrá poseerme como una mercancía, ni exhibirme como un trofeo de caza, sabrá estar a mi lado con el mismo amor conque yo estaré al lado suyo.
III El amor del hombre que me ame será fuerte como los árboles de ceibo, protector y seguro como ellos, limpio como una mañana de diciembre.
IV El hombre que me ame no dudará de mi sonrisa ni temerá la abundancia de mi pelo, respetará la tristeza, el silencio y con caricias tocará mi vientre como guitarra para que brote música y alegría desde el fondo de mi cuerpo.
V El hombre que me ame podrá encontrar en mí la hamaca donde descansar el pesado fardo de sus preocupaciones, la amiga con quien compartir sus íntimos secretos, el lago donde flotar sin miedo de que el ancla del compromiso le impida volar cuando se le ocurra ser pájaro.
VI El hombre que me ame hará poesía con su vida, construyendo cada día con la mirada puesta en el futuro.
VII Por sobre todas las cosas, el hombre que me ame deberá amar al pueblo no como una abstracta palabra sacada de la manga, sino como algo real, concreto, ante quien rendir homenaje con acciones y dar la vida si es necesario.
VIII El hombre que me ame reconocerá mi rostro en la trinchera rodilla en tierra me amará mientras los dos disparamos juntos contra el enemigo.
IX El amor de mi hombre no conocerá el miedo a la entrega, ni temerá descubrirse ante la magia del enamoramiento en una plaza llena de multitudes. Podrá gritar -te quiero- o hacer rótulos en lo alto de los edificios proclamando su derecho a sentir el más hermoso y humano de los sentimientos.
X El amor de mi hombre no le huirá a las cocinas, ni a los pañales del hijo, será como un viento fresco llevándose entre nubes de sueño y de pasado, las debilidades que, por siglos, nos mantuvieron separados como seres de distinta estatura.
XI El amor de mi hombre no querrá rotularme y etiquetarme, me dará aire, espacio, alimento para crecer y ser mejor, como una Revolución que hace de cada día el comienzo de una nueva victoria.